lunes, 8 de octubre de 2012

Un paseo

Ando de un lado a otro, nerviosa, bebo agua, me siento, vuelvo a beber agua, me suelto el pelo, me lo ahueco un poco, vuelvo a recogérmelo, miro en todas direcciones, esperando verlo, me encanta verlo llegar, entre serio y sonriente, como intentando disimular...

Quiero acercarme a él y darle el abrazo más largo y apretado que nunca le haya dado a nadie... pero las circunstancias no me lo permiten, como mucho, sólo dos besos que parecen no significar nada, pero que para mí lo son todo, es lo más cerca que puedo estar de él en esa situación. Empezamos a andar juntos, como lo pueden hacer dos desconocidos cualesquiera o, como mucho, dos amigos, me quedo un poco rezagada para poder observar cómo camina y vuelvo a acelerar el paso para ponerme junto a él. Nos lanzamos miradas, cuando creemos que el otro no se da cuenta y en alguna ocasión, nuestros ojos se ven y agacho la cabeza entre sonriente y ruborizada y mientras tanto, entablamos una conversación sin importancia, algo de lo que ni siquiera estamos pendientes, o al menos yo no lo estoy, escucho su voz que me encanta, sus gestos al hablar, cómo se mueven sus manos con cada paso, me dan ganas de entrelazar la mía con la suya, pero me contengo, no quiero que nadie nos vea, no quiero causarle problemas, me limito a rozarle con el meñique tímidamente y observar su reacción: una sonrisa, una mirada... y me doy cuenta de que él también está entrelazando su mano con la mía, pero sin que nadie más lo pueda saber, sin que nadie más sea consciente de ello, sin que nadie más pueda verlo.

Da igual lo que durara ese paseo y cuál fuera el destino, es uno de los recuerdos más especiales que tengo, algo que me encantaría repetir en cuanto tenga ocasión y, de nuevo, no me importará la duración ni hacia dónde nos dirijamos, sólo me importará estar contigo.

Alejandro Casona dijo: "Si eres feliz, escóndete. No se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos. No se puede pasear una felicidad como la tuya por un mundo de desgraciados".


domingo, 7 de octubre de 2012

Y comieron perdices

Yo soy de la generación que se crió con las películas Disney. Desde antes de tener uso de razón, cosa que aún no sé si tengo, he somatizado las moralejas que contaban los cuentos de las distintas princesas y personajes. 

Blancanieves me enseñó que podía encontrar la felicidad en el lugar menos esperado; de Ariel aprendí que hay que luchar por lo que uno quiere y que todo requiere un sacrificio; Aurora, la bella durmiente, me mostró que todo llega, que sólo es cuestión de esperar con paciencia, aunque tengan que pasar cien años; Cenicienta me ayudó a creer en las casualidades, en los milagros; Jasmín me hizo entender que el amor no tiene nada que ver con las clases sociales; de Bella aprendí que la belleza está en el interior y que no se puede juzgar un libro por su portada; Jane me enseñó que cuando hay amor lo demás no importa, que hay que saber distinguir lo que de verdad merece la pena; con Pocahontas entendí que las diferencias raciales son una barrera a superar y que es algo que está en nuestras manos. Ya con el Rey León, Disney empezó  a mostrarme que en la vida, hay momentos muy difíciles, pero que no está permitido abandonar; el pobre Quasimodo me enseñó que no siempre el amor triunfa, pero que cuando de verdad se ama a una persona, lo único que se quiere es su felicidad; Pinocho me hizo entender que hay que perseguir los sueños, pero que no siempre es fácil conseguirlos y que el camino que lleva hacia ellos, está lleno de trampas y piedras; el pequeño Dumbo me mostró lo incondicional que es el amor de una madre y que lo que nos diferencia de los demás no debe avergonzarnos, porque es lo que nos hace únicos; con Peter Pan aprendí que, a pesar del paso de los años, siempre quedará un niño en nuestro interior y Meg me enseñó que el amor es más poderoso que cualquier fuerza física, incluida la de Hércules. 

Disney me hizo creer en los finales felices, pero con los años, he aprendido que el "y comieron perdices" no existe. A lo largo de los años, se viven momentos de mayor o menor felicidad, momentos duros, momentos  que pasan indiferentes, pero con mi experiencia, me he dado cuenta de que no existen los finales felices que esas películas nos vendieron.

"No quiero un final feliz, quiero una vida llena de momentos de felicidad porque el final siempre es triste".


sábado, 6 de octubre de 2012

A jugar

Hace algunos años me aficioné a jugar a los Sims. Al principio me dedicaba a volcar mis deseos frustrados sobre los personajes que creaba, los avenates que me daban durante la adolescencia...


Me dediqué a crear un avatar de mí misma y, para que no estuviera sola en ese mundo tan extenso, inventé un personaje masculino que acompañara a mi yo virtual en las distintas fases de su vida. Al principio, mi objetivo era que se enamoraran, que experimentaran la limerencia en sus propias carnes imaginarias: cenitas con velas, miradas intensas, caricias sutiles, besos tímidos al principio, el comienzo de un noviazgo... Después llegaba la hora de formalizar la relación: pedida de mano, boda íntima y una luna de miel apasionada, desatada, todo el día en la cama, con risas y complicidad. Lo siguiente fue aumentar la familia, pero para eso, tenían que tener un buen trabajo, él se dedicaba a ascender en su carrera profesional y ella tenía la baja maternal cada dos o tres días, que era el tiempo que tardaba en nacer una nueva criaturita, si era niña, su nombre era Europa, Valeria o Victoria y si era niño, Javi, Fernando o Manuel Jesús. Al final se juntaban en la misma casa dos adultos y siete u ocho hermanos que se criaban entre ellos, porque el padre estaba todo el día trabajando y la madre tumbada en la cama con nauseas y una barriga de no te menees. 

Cuando me di cuenta de lo aburrido que era crear una familia convencional, empecé a innovar. La Sim que me representaba empezó a coquetear con toda persona que se le acercara, fuera hombre o mujer, si era un personaje masculino, ella acababa embarazada de cualquiera, aprovechando las aspiraciones familiares del que fuera su esposo, que criaba a los niños de medio vecindario, y si era mujer, simplemente se dedicaban a darse placer en la cama. En otra ocasión intenté que ella se metiera en la cocina, pero no fue buena idea, porque la casa acabó ardiendo, llamaron a los bomberos y ella acabó con una manguera distinta entre sus manos... De vez en cuando, algún Sim moría y su fantasma pululaba de noche por la casa para jugar al ajedrez o ver la tele en compañía, cuando se juntaba más de uno montaban fiestas o se dedicaban a asustar a los mortales, que en ocasiones se unían a ellos porque el susto resultaba ser letal. Estos fantasmas también cuidaban a los bebés, les enseñaban a caminar, a andar, jugaban con ellos o los alimentaban, aunque en ocasiones, hacían las veces de poltergeists y se adueñaban de los electrodomésticos dando calambrazos a diestro y siniestro a todo Sim que se atreviera a manipularlos. Otra causa de muerte era el orgullo del macho que no tiene nada de manitas, pero que se empeñaba en arreglar la televisión o el microondas cuando estaban estropeados... y claro, al final acababan con la cara como Baltasar y los pelos tiesos...

Esta mañana he vuelto a jugar y recordar viejos tiempos, pero, o el juego ha cambiado mucho o mi percepción del mismo ha cambiado con los años: cuando los vecinos vinieron a dar la bienvenida a mis Sims, ha llegado un furgón de policía hasta arriba de agentes que se han lanzado sobre los habitantes de Villa-Verde y los han mandado al hospital, los padres han ido a trabajar y han vuelto a casa desempleados porque la empresa preveía pérdidas, cuando la madre fue a dar a luz al hospital de la seguridad social, le hicieron pagar no sé qué cosa del copago, los niños ya no jugaban entre ellos, sino que estaban enganchados a sus  teléfonos móviles y en las noticias de la tele salió un Sim con barba que decía que estaban corriendo tiempos de austeridad... Parece que ya no hay forma de escapar de la realidad...

** Si leíste la entrada "El patito feo" habrás visto que el principio es igual que el de esta entrada. Empecé a intentar escribir algo gracioso y acabé hablando de algo más serio, pero no quería perder la oportunidad de soltar un chascarrillo aprovechando este juego.


viernes, 5 de octubre de 2012

El patito feo

Hace algunos años me aficioné a jugar a los Sims. Al principio me dedicaba a volcar mis deseos frustrados sobre los personajes que creaba. Intentaba crear un avatar que representara lo que yo no era, lo que me faltaba, lo que me gustaría ser: una figura femenina más delgada, más alta, mejor peinada, ojos grandes, una sonrisa de cine, con una personalidad extrovertida, divertida, inteligente, a la moda, alguien popular, con quien quisieran estar los demás sims...

Con el paso del tiempo, pocos años, aunque a mí me han parecido siglos, me he dado cuenta de que nada de eso es importante, me he dado cuenta de que las personas que quieren que formes parte de su vida no se fijan en si tienes unos kilitos de más, o en si tu sonrisa es Profident o de familia humilde, les da igual si eres el alma de la fiesta o si eres más del rincón tranquilito del lugar, si vistes Nike o Ying Shu, no les importa si eres cum laude o si no tienes estudios, si eres madura o muy niña, si eres muy espabilada o muy pava... Con los años me he dado cuenta de que es ésa la clase de personas que quiero que formen parte de mi vida, personas que no son alguien más, que son mis amigos, mis amores, que son una parte de mí, que merecen la pena y mucho, personas con las que sabes que puedes contar, para lo bueno, para lo malo, para ir de compras, para tomarte unas cañas, para ir al cine, para comer juntos, para ir de vacaciones, simplemente para charlar, y cuando estás mal, no hace falta que las llames, lo saben, se preocupan, te acompañan en los momentos difíciles, en los momentos en que derramas lágrimas, te ayudan con tus problemas, te alegran cuando tienes un día "plof"... Te quieren. Hace varios años me di cuenta de que para tener a esas personas en mi vida, no necesitaba ser como la Sim despampanante que creé una vez, sólo tenía que aceptarme como era y cambiar lo que no me gustaba, y en este camino, me acompañan las personas de mi vida, que me recuerdan que no hace falta ser perfecta para ser feliz.

"Los amigos son como la sangre, acuden a la herida sin que nadie los llame".