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martes, 18 de junio de 2013

Límites

"Todo tiene un límite". Es una de las verdades universales y una de las mentiras más grandes que me he echado a la cara...¿Acaso tiene límites la tontería humana? ¿y la ilusión de un niño? ¿y la mierda que se puede acumular debajo del frigorífico?... Y los sentimientos...¿también tienen límite?

Yo pensaba que no podía sentir nada nuevo al mirarle a los ojos. Cuando me perdía en el brillo de su mirada se me ponían los vellos de punta y me olvidaba del resto del mundo, de mis problemas y mis preocupaciones, sólo acudían a mi cabeza los buenos momentos vividos, las ilusiones que quería hacer realidad con él, los sueños comunes y los que todavía ni le he confesado... me emocionaba tanto al ver lo que sus ojos me contaban sin hablar, que hasta se me saltaban las lágrimas... y me ponía a llorar como una niña pequeña, y entonces era cuando él se acercaba a mí con gesto tierno y me preguntaba: "¿qué te pasa?, bichito", mientras me acariciaba la mejilla y besaba mis lágrimas. Al final acababa llorando aún más, con la cara enterrada en su pecho, mientras él jugaba con mi pelo haciéndome rosquitos...

Ayer tarde volví a perderme en su mirada, pero no era lo mismo. No tenía nada que ver con lo que sentía antes... y es que me parece imposible descubrir cada día algo nuevo, algo que me hace flotar, que me hace perder la consciencia de todo y tener la sonrisa tonta en la cara. Aunque ahora que lo pienso... también podía ser el efecto del porrito de la tarde...

De Arthur C. Clarke: "La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo imposible".


viernes, 26 de abril de 2013

Trasteando...

Yo no soy desordenada, es que guardo las cosas y no me acuerdo dónde, pero desordenada, no... Sí que es verdad, que el hecho de tener cincuenta pares de zapatos guardados en tres sitios diferentes, hace que haya encontrado esta mañana esas botas con vueltas de lana que tanto me gustan, y resulta que mi gorrito para el invierno no se lo presté a mi madre después de todo, y al final tampoco me habían robado los patines...

Y es que, aunque no soy desordenada, tengo muchas cosas: mucha ropa, muchos zapatos, muchos complementos, muchos abrigos, muchos papeles... y mucho sitio donde guardarlo todo y claro, ahí empiezan los problemas... Para más inri, soy un poco urraca, que no Diógenes, como dice mi madre, lo que pasa es que hay que saber aprovechar las oportunidades que se te presentan: como ese espejo de cuerpo entero que encontré en el contenedor y que quedaba estupendamente en mi estudio, o el tambor de aquella lavadora para guardar las patatas y las cebollas,... pero lo de urraca viene por otro lado, y es que me gusta guardar las entradas de cine, aunque con el paso de los años se haya borrado la tinta y no sepa de qué película son, o los tickets de la compra de regalos, incluyendo los de recién nacidos que ya tienen espinillas, o incluso, el plástico de pompitas de embalar, por si acaso me hace falta alguna vez para algún invento... Porque eso de que cuando tiras algo es cuando te hace falta, es una verdad como un templo, así que yo no tiro nada y recojo lo que podría necesitar alguna vez...

A mi madre eso no le hace mucha gracia, lo peor es cuando se le cruzan los cables y me dice que ordene mi cuarto (o peor, mis cosas, porque al menos mi cuarto se reduce a una habitación), me paso el día entero moviendo de un lado a otro, un batiburrillo de lo que para ella son trastos... y claro, ya que saco un álbum de fotos, me pongo a verlas, ya que encuentro una carpeta con las cartas de mis antiguos novietes, me pongo a leerlas, ya que encuentro el vibrador... Bueno, os dejo que tengo que seguir ordenando mi cuarto...


martes, 9 de abril de 2013

Cómo cambia el cuento...

Esta mañana me he despertado con uno de esos días en que te da por reflexionar, y me he puesto a hacer un repaso de lo que es mi vida ahora, uno de esos días en los que te das cuenta de que, realmente, el tiempo pasa y no en balde...

No hace tanto, mi vida estaba encauzada, prácticamente resuelta: tenía buena relación con mis padres, novio desde que era adolescente, una casa recién comprada que estábamos reformando a nuestro gusto sin olvidarnos de los niños que queríamos tener, la carrera casi acabada y un empleo asegurado al terminar, tres sobrinos a los que adoraba, una familia política que me quería como si siempre hubiera formado parte de ellos... lo que ya he dicho, mi vida solucionada al fin y al cabo...

Los problemas empezaron cuando me di cuenta de que lo que estaba haciendo no era vivir, sino sobrevivir: ya no tenía esa sonrisa tonta que te sale cuando eres feliz, ya no existía ese brillo en mis ojos, ya no había temas de conversación ni nada que hacer juntos, ya no quería estar a solas con él porque acabábamos discutiendo, intentaba retrasar todo lo posible el momento de quedar para que las horas juntos fueran las menos posibles, le decía que teníamos que hablar, que las cosas no estaban bien... y él decía que eran tonterías mías... siempre eran tonterías mías... y fue entonces cuando me resigné y pensé que seguramente tenía razón, sólo eran fantasmas que veía yo... Hasta que apareció él...

Y descubrí que es posible despertar cada día con una sonrisa, y que ese brillo permanecía en mis ojos de forma perenne, y que reía con ganas como no lo había hecho nunca... fui consciente de que por primera vez en muchos años estaba dedicándome a vivir, que era feliz... Y también por primera vez, me replanteé cambiar las cosas, dejarlo todo atrás, y me di cuenta de que lo único que me daba pena dejar atrás era a los que hasta entonces habían sido mis sobrinos y que si daba el paso, dejarían de serlo... y lo dejé todo...

En un año, mi vida no tiene nada que ver con lo que era: no pasa un día en que no haya reído a carcajadas, no ha habido un sólo día que no haya merecido la pena... lo único que empaña esta felicidad, es la relación con mis padres, ya no me hablan apenas y no dejan de reprocharme todo esto, yo pienso que deberían alegrarse por mí, que deberían ser felices porque ya no vuelvo a casa cada día con los ojos hinchados de llorar... pero supongo que no se puede tener todo en la vida...


sábado, 17 de noviembre de 2012

Tres meses de vida



El anuncio que me llevó a hablar contigo ese martes, 6 de agosto a las 20:09.
Las conversaciones por el messenger que te dejaban descolocado.
El encuentro casual en la rotonda, la providencia y mis zapatillas de deporte baratas se pusieron de acuerdo para que nuestras vidas se cruzaran ese jueves, 8 de agosto a las once y pico de la mañana.
Los primeros dos besos en la puerta de la cochera, una hora y poco de charla trivial y mucho calor ese 8 de agosto a las 18:00.
Más conversaciones por messenger, dos encuentros por semana en ese lugar que no tenía nada de especial, pero que para nosotros significaba mucho más.
Los correos que intercambiamos a través de la dirección del blog, jugando a ser otras personas, jugando a ser consejeros de sendas relaciones, de sendos tiramillas que ambos sabíamos que estaban dejando de serlo.
Los momentos vividos a través de webcam, enseñándonos fotos y cachivaches, y poniendo mil y una caras, los primeros momentos de risas sinceras que compartimos.
El bajón que sentí cuando intentamos bajar el ritmo porque tenía que estudiar para mis exámenes.
Los encuentros diarios en la cochera, esperándote inquieta, con la puerta encajada, y te veía llegar muy serio, con tu pose de perito, empujando la puerta para recibirte con un beso y un abrazo.
Los sentimientos que descubrí por curiosear donde no debía y darme de bruces con tu vida.
La madrugada del domingo 9 de septiembre, hablando por whatsApp lo que teníamos pendiente de hablar, porque no podíamos esperar más.
La tarde del lunes 10 de septiembre, cuando me recogiste a las 17:00 y acabamos en la cafetería de Umbrete, hablando de nuestras vidas con total normalidad, compartiendo sentimientos, regalándonos miradas y caricias furtivas.
Las noches del martes 11 de septiembre y del miércoles 12 de septiembre, pretendías cebarme, lo sé, no puedes engañarme, un día medio litro de helado y al siguiente una bolsa llena de chocolatinas. Esas diez horas que nos regalamos, esa complicidad que experimentamos, esas carcajadas que no pudimos reprimir, las confesiones, las batallitas de la infancia.
El viernes 14 de septiembre cuando salí del examen, comimos en la cantina, la sordera intencionada, las caricias furtivas en el Condal, el paseo por el centro, la librería, el teatro, la Giralda...
El miércoles 26 de septiembre, el día de Valencina, esa nota que dejaste en mi coche y que guardo como un tesoro.
El lunes 1 de octubre, las gestiones que tuviste que hacer, ese bocado que me diste en el hombro, más fuerte de lo que querías en la copistería, ese ticket de las aperturas que aún guardo, esos ratos de risas en tu despacho, la virgen del Santo Políngano, los cabezazos, el moratón sobrevenido...
El jueves 4 de octubre por la noche, al salir de clase, te esperé en nuestro sitio, leyendo un libro sobre fibra óptica y escuchando música, me hice la distraída, como si no te hubiera visto llegar, sentí tus manos acariciando mis hombros, me diste una caracola... que más adelante tenías que firmar.
El viernes 5 de octubre, por la mañana, tuvimos una "primera vez" más para la lista.
El miércoles 24 de octubre, me regalaste un viaje a través de la geografía y la historia, un viaje muy especial, cogida de tu mano, una foto juntos,...
El miércoles 31 de octubre, me sorprendiste dándome un plano para jugar a la búsqueda del tesoro, un tesoro que nunca habría podido imaginar, ni en mis mejores sueños, un plano que me llevó a otro mundo, a un mundo de ilusiones, sueños, risas, carcajadas, normalidad, miradas, caricias, besos, pasión ...
Los días que pasamos en el que se convirtió en nuestro refugio particular, en ese agujero negro en el que sabíamos a la hora que entrábamos, pero no a la hora a la que saldríamos.

Y la sonrisa que saca arrugas a cascoporro. Y las miradas. Y las caricias. Y los gestos. Y lo que callas. Y lo que dices. Y no dejar de mirar el móvil para verte ahí, esperándome. Y las caricias furtivas con el meñique, entre la gente. Y el jueves. Y la peluca rubia. Y las golosinas. Y el no beber cuando me quemo por no mezclar la comida con la bebida. Y llegar al aparcamiento y encontrarte de pie, con esa sonrisa tierna. Y salir de clase y que estés ahí una vez más y que cuando me veas, enciendas los intermitentes. Y la música. Y el corte de pelo. Y las zapatillas del chino. Y la azotea. Y los cojinazos. Y el edredón en el suelo. Y las películas malas. Y las películas buenas. Y las pulseras. Y mi móvil roto. Y "sus ovejas". Y la pinza de la ropa. Y los tres "peros". Y el de la sandía. Y los tochitos. Y el paquete en el buzón. Y verte en los descansos de las clases. Y la bicicleta con el sillín bajo. Y el mecánico del amor. Y las fotos. Y Trancas y Barrancas. Y muchas cosas que me dejo en el tintero, pero que no olvidaré, que seguirán en mi cabeza, que son tan bonitas que no sé si realmente existieron o si las soñé. Esta tarde se paró el reloj de pared (ése al que echarás de menos) a las 13:32, es la hora a la que cruzaste por última vez la puerta de mi casa, es la hora a la que te vi por última vez, la hora a la que me dijiste adiós.

Esta es mi lista de cosas vividas en tan sólo tres meses. Existe otra de cosas pendientes, en la que, aunque sé que ya no podrán cumplirse, sigo apuntando cosas. Porque la vida da muchas vueltas y nunca se sabe en cuál de ellas podemos reencontrarnos.
"Llenas los días de rima y verso con tu presencia de manos tiernas".


viernes, 9 de noviembre de 2012

De días grises...

Hoy es viernes. Llevo toda la semana sabiendo que llegaría este día y, como siempre, ha acabado llegando. Hoy es viernes y llevo toda la semana temiendo que llegara este día, hoy me toca hablar claro...


En toda mi vida, sólo he tenido una pareja, llevo nueve años y pico con ella. Al principio, todo era normal, existían las mariposillas en el estómago, las ganas por verle, el echarlo de menos cuando se iba... pero desde hace algún tiempo, las cosas no van bien, la relación se ha enfriado, parecemos más amigos que pareja, no sabemos estar juntos a solas, hablamos poco y lo poco que hablamos, es para discutir, ya no hay sueños, no hay ilusiones, no hay complicidad, no hay momentos de risas... creo que ni siquiera tenemos ganas de vernos, de estar juntos. Hace un tiempo, cuando todo iba bien, me pidió matrimonio, no tuve que pensarme la respuesta, buscamos casa, encontramos la de nuestros sueños y la compramos, aún está en obras y ahora mismo no tengo prisa por terminarla... 

Hace unos meses llegó a mi vida de casualidad una persona que ha puesto mi mundo, lo que yo era, lo que sentía, bocabajo. Era y soy consciente de que no era feliz, pero pensaba que era algo normal debido al tiempo que llevamos juntos mi pareja y yo, pensaba que eso de la limerencia ya no era algo que pudiera sentir, que ahora tocaba lo que viene después de pelar la pava: rutina, costumbre, amor, pero no el desenfreno que se siente durante un noviazgo... pero esta nueva persona, me ha enseñado lo que es tener ilusiones, lo que es llevar una sonrisa bobalicona en la cara veinticuatro horas al día, lo especial que puede ser ver una simple película con ella o estar revoloteando en la cocina a su alrededor mientras prepara algo de comer para los dos, lo que es tener una lista imaginaria de cosas por hacer en la que, por muchas veces que tachemos, el número siempre es mayor que al principio, lo que puede despertar una simple caricia, lo que se puede transmitir con sólo una mirada, lo que es no desear otra cosa que estar con ella, lo que significa tener complicidad, lo que es poder y querer hablar de cualquier cosa con ella, lo que es tener la sensación de estar viviendo un sueño de forma permanente,  lo que significa ser feliz de verdad. 

Y hoy viernes, me toca tomar una decisión, me toca elegir entre intentar recuperar mi antigua vida, intentar que las aguas vuelvan a su cauce, seguir con la reforma de la casa, poner fecha para la boda y renunciar a esta nueva persona que hay en mi día a día... o empezar de nuevo, no dejar pasar la oportunidad que me está regalando la vida, no perder la felicidad y las ganas de vivir que me está brindando esta nueva persona... Espero tomar la decisión adecuada, no tengo miedo de pasarlo mal, tengo miedo de hacer más daño del necesario y de acabar equivocándome... Hoy es un día gris para mí (Sí, he leído el estado de mi amigo Historias).

Paulo Coelho: "Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer".



jueves, 8 de noviembre de 2012

Carpe diem

Hoy me he encontrado con una antigua amiga del bachillerato, han pasado siete u ocho años, apenas nos hemos reconocido... La he saludado y hemos estado hablando un rato hasta que he tenido que entrar en clase... ya no somos las mismas, hemos crecido, hemos cambiado... y a raíz de este encuentro, han venido a mi mente recuerdos del pasado, de los tiempos del instituto, de antiguos amigos, que algunos han dejado de serlo y otros no, pero con los que apenas tengo contacto por la vida universitaria y las cosas de la edad... y leyendo ésto que he escrito, cualquiera diría que tengo cincuenta tacos y hablo de los tiempos de Franco...

Han venido a mi mente momentos buenos y momentos que no lo fueron tanto. Los ratos de risas en los intercambios de clase, jugando a la brisca por parejas, Raquel y yo siempre juntas, picadas a más no poder con esos dos chavales más picados aún que nosotras, parejas formadas por Juan Carlos, Pedro, Juanjo o Diego que se iban turnando para recibir la paliza del 120-0 en más de una ocasión. A veces el día se presentaba generoso y algún profesor faltaba, entonces era cuando tenía lugar un maratón de naipes como el vicio se merecía, en ocasiones nos quedábamos en clase, otras empalmábamos con el recreo y nos metíamos en "La Gramola", a comer palomitas y tomar CocaCola mientras las cartas no dejaban de circular por la mesa... las cartas, las risas, las bromas, los ratos de amigos. Y es que no parábamos en los años de instituto... Cuando no robábamos exámenes de otras clases, tirábamos bombas fétidas en los pasillos o formábamos nubes de tiza soplando el polvillo que quedaba en la repisa de la pizarra.

Y es que cuando uno está en el instituto, todo le parece muy duro, que hay que ver que la bizca de historia me ha puesto un examen de un día para otro, que hay que ver que el de dibujo me tiene manía y lo único que le gusta es dejarme en ridículo en clase, que si no hay manera de que las derivadas me entren en la cabeza... Cualquier cosa que se presentara parecía un mundo y ahora es cuando me doy cuenta de que aquellos años eran realmente una época en la que no había preocupaciones, que la situación más complicada a la que podía enfrentarme era sacar una nota baja en un examen, que la profesora de lengua me quitara 0.25 puntos por poner mi apellido sin tilde (y recalco que mi apellido no lleva tilde) o que el chico que me gustaba pasara de mí... buscar un trabajo quedaba lejos, no tenía que pensar en cómo pagar una casa, ni una reforma, ni en planes de boda frustrados porque los sentimientos cambian y se hace daño a las personas que tenemos cerca,... y es que lo complicado de la vida está al salir de ahí. Por suerte o por desgracia, aún estoy a tiempo de disfrutar el final de mi etapa estudiantil, aunque sea más complicada que hace algunos años, lo importante es darse cuenta de que el tiempo se escapa como arena entre los dedos, que hay que disfrutar cada momento al máximo... ya sabes, carpe diem.

Robert Louis Stevenson escribió: "Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir".



sábado, 3 de noviembre de 2012

Sueños

Aún no sé si todo ha sido un sueño. Al despertarme esta mañana, sentí el roce suave de unos dedos por mis hombros, unos labios regando mi cuello de besos con una ternura indescriptible, unas manos que abrazaban mi vientre y me apretaban contra él, dejándome sentir su calor, estrechándome contra su cuerpo, un susurro en mi oído con las palabras "te quiero", un mosdisquito en el lóbulo de la oreja y el sonido del aire al escaparse una sonrisa... quise darme la vuelta, pero sabía que no estaba ahí, que sólo había sido mi imaginación, lo que no tenía claro es si era un sueño o un recuerdo... y fue entonces cuando me incorporé y sentí mi cuerpo dulcemente dolorido con una mezcla de agujetas y cansancio muscular, y supe que no lo había soñado, supe que pasó...

Supe que ese plano que me dio para jugar a la búsqueda del tesoro a la salida de clases fue real, que lo que encontré al alcanzar el punto de la X no se me podría haber pasado por la cabeza ni en mis mejores sueños. Supe que ese festín de delicias, de miradas, de sonrisas, de besos, de caricias, de ganas de devorarnos, no había sido cosa de mi imaginación. Supe que las horas que pasamos tirados en el suelo escuchando música de fondo, los ratos de risas, de cosquillas, los momentos en que la pasión se apoderó de nosotros, en que parecía que íbamos a arrancarnos la piel a bocados, en que clavamos las uñas el uno en la espalda del otro, en que nuestras manos se buscaban desesperadamente, en que nuestras gargantas sólo podían emitir gemidos y gritos ahogados y nuestros cuerpos se fundieron en uno, eran reales. Supe que la conversación plagada de bromas, de sentimientos, de emociones, de recuerdos, de confesiones, de sinceridad, de complicidad y de una infinidad de sensaciones y momentos mágicos, sin más ropa que una camiseta, con mi cabeza descansando en su pecho mientras nuestras manos jugaban revoltosas regalándonos caricias, sucedió de verdad. Supe que ese cielo lleno de nubes que vimos en la azotea, ese cielo que dejaba ver un sol tímido de forma intermitente, ese cielo que empezó a derramar sobre nosotros pequeñas gotas de lluvia mientras hablamos de que por un instante sentimos que ésa era nuestra vida, asomados a la baranda, mirando hacia la calle, viendo a la gente pasar, uno al lado del otro y nada ni nadie más, supe que todo había ocurrido...

Y entonces me di cuenta de que habíamos conseguido robarle al reloj de nuestro día a día diez horas, y que ese reloj jugó a su antojo con la relatividad del tiempo e hizo que las diez horas parecieran diez minutos. Y me di cuenta de que ahora mismo es lo único que me importa, robarle tiempo al reloj de mi vida para compartirlo con él y dejar a un lado todo lo demás, me di cuenta de que las clases son prescindibles, de que por instinto, le quito ese tiempo a la persona a la que le pertenece legítimamente, y que no puedo evitarlo, y no me siento culpable porque soy feliz. Y seguir con la sensación de que estamos viviendo un sueño... un sueño del que por mucho que nos pellizcamos no conseguimos despertar... y es que quizá no sea un sueño... quizás estemos disfrutando de lo más bonito que hayamos vivido nunca y nos cueste darnos cuenta... quizás estemos más que despiertos y nos dé miedo que todo ésto se vaya tal como vino... sin avisar, como llegan las cosas buenas y como terminan los sueños...

Ninon de Lenclos dijo: "Cuando nuestros sueños se han cumplido es cuando comprendemos la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de la realidad".


domingo, 28 de octubre de 2012

De pelea con el tiempo

Llegó el momento de meterle mano al reloj, de recorrer sus intimidades alterando su funcionamiento, de entrometernos en su marcha normal, llegó el momento de cambiar la hora. ¿Toca adelantar o atrasar? Nunca me entero, pero se ve que no soy la única...

En la escuela, no sé cómo se las apañan, pero ningún año hacen bien el cambio de hora. Recuerdo mi primer año en el mundo universitario, en el interior de ese llamado edificio inteligente, que de inteligente no tiene mucho, porque en invierno nos asamos como pollos y en verano parecemos esquimales, enfundados de arriba a abajo con polares y bufanda. Volviendo al tema de la hora, que luego dicen que las mujeres le damos veinte vueltas a todo para contar algo, el encendido y apagado de luces y aparatos de climatización está programado y se ve, que después de todos los años que lleva la escuela en funcionamiento, aún no han dado con la tecla de "horario de invierno" y "horario de verano", así que todos los años nos dejan a oscuras antes de que acaben las clases de la última hora, los alumnos nos hartamos de reír, porque en ese momento sacamos los móviles y los utilizamos como linternas (y aprovechamos para mandar algún whatsApp que otro, para qué voy a decir otra cosa).  Con esto del cambio de hora, sé de uno que llegó antes de tiempo a su propia boda, porque no se acordó de darle una vuelta de tuerca a las manecillas del reloj, y, desesperado, pensó que lo habían dejado plantado en el altar. Pero lo mejor de este invento del horario de invierno, es poder pasar tiempo con la persona a la que quieres y que, sin darte cuenta, el día te regale una hora más para poder disfrutarlo al máximo, una hora más de besos, de caricias, de miradas, de sonrisas, una hora más que poder robarle al reloj, una hora más para olvidarse del mundo y poder fundirse en un sólo cuerpo sin prisas, sin estar pendientes del tiempo, sin que exista nada más... Al fin y al cabo, un regalo más de ésos que a veces nos presenta la vida.

Charles Chaplin dijo: "El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto".



miércoles, 24 de octubre de 2012

Cuando menos te lo esperas...

¿En qué momento empezó todo?¿Cuándo dejó de ser un entretenimiento para convertirse en algo que realmente me importaba? No lo sé. No sé cuál fue el comienzo, no sé qué cambió, no sé qué ocurrió, no sé por qué, sólo sé que de repente pasó...

Todo comenzó como un simple pacto, un acuerdo para pasar un buen rato, simplemente era un tiramillas: pasarlo bien y nada de sentimientos y, al principio, lo fue... Tengo las imágenes de los primeros días grabadas en mi cabeza. Recuerdo un encuentro en una rotonda, un cruce de miradas, recuerdo verlo parar el coche y recuerdo como salí corriendo para casa entre descolocada y temerosa. Recuerdo quedar con él en una cochera y pasar una hora y pico de pie, hablando, sin apenas mirarnos a los ojos, recuerdo que fue una situación extraña pero que ambos estábamos cómodos dadas las circunstancias. Hoy en día, aún recuerdo que pensé que no quería volver a verlo, pero había algo que no dejaba que fuera así, de modo que volvimos a quedar, recuerdo que le dije que lo mejor para que no quisiera seguir viéndome era pasar conmigo dos horas seguidas, recuerdo que me dijo que mi remedio era un mojón y me miró a los ojos, y entre divertido y tranquilo, reprimiendo una sonrisa con la boca, pero no con los ojos, me pidió un beso, bueno no, me preguntó si podía darme un beso, y sin saber por qué, asentí.

Recuerdo los encuentros furtivos, encerrados en un coche en cualquier aparcamiento, escondiéndonos del mundo, recuerdo hablar mucho, escuchar la radio y algún beso ocasional, recuerdo que me acariciaba la mejilla y que yo cerraba los ojos y me fundía con su mano, recuerdo una mirada tierna, llena de un cariño no pactado, que se mantenía fija en mis ojos mientras me besaba el dorso de la mano, recuerdo el roce sutil de sus dedos por el borde de mi blusa, los anillos que hacía jugando con mi pelo, me di cuenta de que esa forma de acariciar no era la de un entretenimiento vacío. Recuerdo que pronto dejó de ser un tiramillas, que todo cambió para los dos en poco tiempo, recuerdo que fue cuestión de vernos cuatro o cinco veces para que nuestras miradas delataran lo que nosotros callábamos. Recuerdo haber levantado un muro en una ocasión, un muro contra lo que podía hacerme daño, y dejarlo caer inconscientemente de un día para otro. Recuerdo no querer ilusionarme y no dejarme llevar porque no podíamos permitírnoslo, porque ambos teníamos una vida, recuerdo que la curiosidad mató al gato y a mí me dio un bofetón y que por cotillear en su facebook me topé de bruces con esa parte de su vida en la que yo no estaba presente y que seguía existiendo de forma paralela a nuestros encuentros. Recuerdo que le dije que al día siguiente tenía que contarle algo, recuerdo que iba a despedirme contra mi voluntad, antes de que todo explotara, antes de volar más alto, recuerdo que estuve a punto de romper el pacto del tiramillas y recuerdo que al final reculé y le dije que era muy bonito el suelo de su casa...

Recuerdo que tras quince o veinte días me dijo que teníamos que hablar, recuerdo que una parte de mí estaba tranquila, pero que la otra parte estaba aterrorizada. Recuerdo un café en cualquier cafetería de cualquier pueblo perdido y una frase: "en menos de un mes ha estado a punto de escapárseme un te quiero más de una vez". Recuerdo dejar de escondernos en ese momento, porque no había nada que mostrar a nadie, sólo a nosotros mismos, recuerdo sus ojos fijos en los míos, unos ojos que me lo decían todo, sin necesidad de palabras y que no necesité explicarle nada, que él lo entendió todo con sólo una mirada. A partir de aquella tarde nada ha vuelto a ser igual, nunca sé lo que me espera cada día, cada segundo con él es una ilusión, una sorpresa, es una sonrisa permanente, cada segundo que podemos robarle al reloj de nuestras vidas lo es todo. No sé qué he hecho para merecer lo que estoy viviendo, no sé si después vendrán lágrimas, sé que no está bien si tenemos que escondernos, pero no veo nada de malo en ser feliz y por una vez en mi vida, soy completamente feliz y me atrevo a decir que los dos lo somos...

Benjamin Franklin dijo: "La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días".



sábado, 20 de octubre de 2012

Sola entre la gente

Esta mañana estaba ojeando mi Facebook y me he con topado el caso de Amanda Todd, sé que la noticia tiene unos cuantos días, pero he buscado información sobre lo que le ocurrió a esta niña y me he encontrado con algo que, por desgracia, me es de sobra conocido...

Esta chica hizo algo de lo que no tardó en arrepentirse y como consecuencia sufrió el acoso de un desconocido, y lo que es peor, de los que ella pensaba que eran sus amigos... y es que eso del "bullying", algo que lleva existiendo muchos años pero que ahora, al tener un anglicismo que lo define, nos hace tener más conciencia social, te destroza, te destruye como persona, te quita las ganas de vivir...

De pequeña, era la típica niña gordita con cara de inocente, y no sólo la cara, era de esas niñas que no pillaban una y que eran muy infantiles. Cuando empecé el colegio tenía cuatro años, recuerdo la intensidad de las dos primeras semanas: los madrugones, el trayecto en autocar, los compañeros y compañeras de clase, los recreos... recuerdo que pensé para mis adentros que era lo mejor que había conocido, porque donde yo vivía no tenía vecinos ni primos con los que jugar y además soy hija única, así que tenía la oportunidad de estar con niños y niñas de mi edad, cosa que desconocía por completo... pero, de repente, un día todo cambió. Una mañana, al ir al colegio en el bus, me sentaron junto a una niña de mi clase, como éramos muchos, nos ponían muy apretados y se ve que a ella no le hizo mucha gracia que me colocaran allí... recuerdo que ese fue el comienzo de todo. Empezó a pellizcarme para echarme fuera del asiento, me tiró del pelo durante todo el camino y me dio patadas y puñetazos, al principio aguanté un poco, pero después acabé "chivándome" a la profesora que iba en el autocar, así que la castigaron. Mi mala suerte hizo que esa niña fuera de las llamadas "populares", de esas que tienen una pandillita de monos imitadores a su alrededor... a partir de ese día mi vida fue un infierno. Al principio sólo fueron insultos, nadie me hablaba, y los pocos que lo hacían era para ofenderme, para llamarme gorda, foca o subnormal, empezaron a desaparecer mis libros y mis cuadernos y cuando reaparecían, lo hacían llenos de pintadas, de palabrotas que ni siquiera sabía lo que significaban, con las portadas rotas o llenos de escupitajos. Recuerdo que no podía pedirles ayuda con los deberes a mis padres, porque me daba vergüenza que vieran los libros y los cuadernos, recuerdo que un día mi madre me estaba guardando el bocadillo en la mochila y vio el libro de matemáticas destrozado, recuerdo que me cayó una bronca monumental y recuerdo que no podía justificarme. Después llegaron los empujones, las zancadillas y demás agresiones que podían parecer accidentales, de ese modo, si se me ocurría decirle algo a algún profesor, había un grupo de unos veinte o treinta niños que dirían que fue sin querer, y sería su palabra contra la mía. Pasados un par de meses, la cosa fue yendo a peor, recuerdo un día muy frío de noviembre en el que tuve que volver a casa sin abrigo porque había desaparecido misteriosamente, recuerdo la bronca de mis padres al enterarse, recuerdo los castigos, recuerdo a mi madre gritándome con las lágrimas saltadas que no sabía qué hacer conmigo, recuerdo que quería decirle que no era mi culpa... Ese mismo mes, los accidentes pasaron a ser palizas en toda regla, un miércoles en el autocar, me sujetaron entre cuatro para dejar a los otros siete que se desahogaran a gusto conmigo, aún siento el dolor de las patadas y puñetazos en el estómago y en la espalda, recuerdo que al llegar a casa, mi madre quiso bañarme y le tuve muy malas contestaciones para que se enfadara y no lo hiciera, recuerdo mirarme al espejo estando ya sola, recuerdo ver todo mi cuerpo lleno de cardenales, recuerdo llorar en silencio y hacer un gran esfuerzo para meterme en la bañera. Llegó un momento en que no me sentía segura ni en mi propia casa, me dejaban notas en el buzón o me llamaban por teléfono para insultarme, pero lo peor era cuando descolgaban mis padres, les contaban no sé qué historias y al final era volver a lo de siempre, más dolor y más reproches que no podía rebatir. 

Durante ocho años, los únicos periodos de tiempo en los que podía olvidarme un poco de todo este infierno eran las vacaciones de verano y las de Navidad, me daba pánico que llegara septiembre y todos los años tenía la esperanza de que en el siguiente curso cambiara algo... pero ese cambio nunca llegaba. Lo peor no eran los golpes ni las humillaciones, lo peor era la soledad, saber que no tenía a nadie que pudiera entenderme, nadie con quien hablar, sentir que no valía nada y que hasta mis padres estaban hartos de mí. Todavía no he logrado entender cómo unos niños pequeños pudieron marcar tanto mi vida, aún no he olvidado sus nombres y sé que nunca lo haré. Me hicieron perder mi infancia y mi inocencia, pero ahora soy como soy por ellos, y aunque no les agradezco en absoluto esos años, han hecho que me dé cuenta de lo fuerte que puedo llegar a ser.

Con esta entrada no pretendo dar pena, no pretendo contar mi historia, ni aparentar lo que no soy. En estos casos no vale eso de intentar ponerse en el pellejo del otro, no sirve de nada la empatía, ni la lástima, sólo el que ha pasado por eso sabe lo que es. En estos momentos, me gustaría que no sólo leyeran mi blog adultos, sino también niños y adolescentes, para que, si conocen un caso de éstos, no miren hacia otro lado y no contribuyan a hacer un infierno de la vida de nadie. 


viernes, 19 de octubre de 2012

En clases

Nunca me había parado a pensar en lo que puede dar de sí una clase. Dos horas que se presentan eternas en un principio, y a medida que va pasando el tiempo, se tornan demasiado cortas...

En horas de clase se puede hacer de todo, tirar de whatsApp y mantener una conversación (absurda o no) con alguien del exterior, o incluso con la persona que tienes sentada al lado, y de vez en cuando se vuelve necesario reprimir una carcajada, esconder la sonrisa floja, disimular una subida de temperatura o incluso enjugar alguna lágrima para pasar inadvertido. También está el típico cuchicheo por lo bajini, que luego resulta no ser tan por lo bajini... y es que el otro día en clase, el profesor estaba dando su opinión sobre lo maravilloso que es Dropbox, inocente de mí, les comenté a mis compañeros de banca en voz baja: "donde se ponga un buen pen, que se quite Dropbox", pero se ve que el concepto de "voz baja" fue relativo porque empezó a reírse la clase entera... y ahora me llegan a mi whatsApp mensajes tales como: "Vivan los pens grandes" o "¿Cotizando para comprar pens de alta capacidad?"... y en esos momentos es cuando pienso que todas las situaciones ridículas me pasan a mí y cuando recuerdo las conversaciones sin sentido que mantenían en primera fila y a toda voz, mis compañeros de clase de BBDD sobre los métodos de depilación púbica y sobre quién era capaz de mover más los pechos... 

Pero lo mejor son los ratos entre clases, esos quince minutos para el cigarrito de las 17.00h, que a veces se prolongan a treinta minutos y el cigarrito pasa a estar acompañado de un café. Son ratos de risas, de encontrarse con compañeros de otras clases, ratos de comentarios, de bromas, de contar batallitas de  cuando quemaron la calle Betis, de recordar momentos de compañeros míticos... y es que en todos sitios está el típico bocazas pesado del que todo el mundo huye, ese al que le dan calabazas mil veces y sigue intentando pillar cacho hasta llevarse un bofetón, el que va de mafioso con los profesores y de chulito con las féminas y al final acaba siendo el centro de todas las conversaciones imitación incluída, el friki que mira raro y te olisquea cuando cree que no te das cuenta, el gótico que lleva tatuada una maquinaria en la parte exterior de la pantorrilla derecha, la pija con sus mega-taconazos con los que no sabe andar, el perro-flauta que tiene toda la destreza del mundo liando cigarrillos y el emo que te mira con cara de "quiero suicidarme y no puedo"...

Y es que lo mejor de la Escuela son esos momentos, los de descanso y los de risa de misa en clase, aunque voy a tener que plantearme una mudanza a la fila de atrás, porque eso de estar a pie de pizarra poniéndole ojitos y sonrisas flojas al profesor...empieza a pasarme factura.


jueves, 11 de octubre de 2012

Aquellos maravillosos años

Se acerca el cumpleaños de mi sobrino el mayor, cumple trece años, y espera que su tita favorita le haga un regalo de esos que lo dejan con la boca abierta. Como no tengo ni idea de qué puede gustarle, empecé a tantear el terreno y le comenté que cuando yo tenía su edad (no hace tanto...), mis padres me regalaron un walkman... para qué le diría nada... me miró con cara rara y esa sonrisa que ponemos cuando escuchamos a nuestros padres intentando hablar como nosotros y sueltan expresiones del tipo "mega guay" o "monda lironda". En esos momentos me di cuenta de que ya no soy una niña, y de que las cosas han cambiado mucho en pocos años.

Recuerdo cuando ser pequeño consistía en no tener preocupaciones, en salir a la calle al volver del colegio y jugar con los amigos al fútbol, al trompo, a la comba, al escondite o a pillar. Recuerdo el "pase misí", la sillita de la reina y el "cheri morena cheri". Yo aprendí a leer con Micho y a sumar con los cuadernillos Rubio. Uno de mis mejores amigos de la infancia fue Atreyu, sus andanzas me hicieron reír, llorar y hasta llegaron a asustarme. Mis compañeros de aventuras fueron los libros de "El barco de vapor": de la serie blanca, "El jajilé azul"; de la azul, "Historias de ninguno"; de la naranja, "Fray Perico y su borrico" y de la roja "Finis mundi". Aprendí la diferencia entre cerca y lejos gracias a las lecciones de Coco, el Conde Draco me enseñó a contar hasta diez, Triki fue el culpable de mi adicción a las galletas de chocolate y descubrí que el teléfono fijo sigue funcionando cuando se va la luz, de la mano de Epi. En los recreos del colegio me dedicaba a cambiar cromos de "Bola de dragón" o estampitas perfumadas y un poco más tarde, a jugar a los tazos. Mis golosinas favoritas consistían en silbatos de caramelo, huevos de chocolate que escondían en su interior desde "Locodrilos" hasta cochecitos repletos de pegatinas, el famoso "Push Pop" tampoco se quedó atrás, aunque te pringabas de caramelo hasta las orejas, "Sugus" de todos los sabores (incluído el azul), "Peta-Zetas", con su consecuente irritación de paladar, "Phoskitos" y sin olvidar, por supuesto, la "Pandilla Drakis". En mis ratos de juegos me dedicaba a buscar a Wally, pegaba el "Blandi Blub" por cualquier sitio, construía máquinas imposibles con el "Mechanno", simulaba una granja con los "Pin y Pon", el "Tricky Bol"me sacaba de quicio porque siempre se me pasaba el tiempo, machacaba las palancas del "Tragabolas"...y mi perdición fue la "Sega Mega Drive", sí, la de 16 bits, esa en la que no existía la tercera dimensión y tenía los cartuchos más grandes que cualquier teléfono móvil de ahora, y que mi madre sólo me dejaba un par de horas a la semana. Mis amigos de la caja tonta eran "los Picapiedra", "Chicho Terremoto", "Bugs Bunny", "el oso Yogui", "Tom y Jerry", "Popeye", "los pitufos", "las tortugas ninja", "los mosqueperros", "los caballeros del zodiaco" y "Oliver y Benji". Recuerdo un tiempo en que los días festivos y fines de semana los pasaba en la calle jugando con mis amigos o dando una vuelta en bici, un tiempo en que la mañana de reyes, las calles se llenaban de chiquillos compartiendo sus nuevos juguetes, un tiempo en que las madres se asomaban por la ventana para decirles a sus hijos que "venga ya pa' dentro, que es mu' tarde y mañana tu padre madruga", un tiempo en que jugar en la carretera no era una misión suicida.

Actualmente las calles están desiertas por las tardes, la mañana de reyes es un día más para probar un nuevo juego de la PS3 o de la Xbox, la música no se regala en discos y ya no hay madres llamando a gritos a sus hijos por la ventana, son los tiempos de los móviles, de las nuevas tecnologías, de internet. Los niños de hoy en día saben mucho de whatsApp, de Facebook, de Tuenti y de videojuegos, pero lo que los niños de hoy en día nunca conocerán es la relación entre un bolígrafo "bic" y una cinta de cassette.

Samuel Chase escribió: "Condenar el progreso en todo es olvidarse de los vergeles que han hecho posible la desalinización del agua de mar, idealizarlo es olvidarse de Hiroshima".


sábado, 6 de octubre de 2012

A jugar

Hace algunos años me aficioné a jugar a los Sims. Al principio me dedicaba a volcar mis deseos frustrados sobre los personajes que creaba, los avenates que me daban durante la adolescencia...


Me dediqué a crear un avatar de mí misma y, para que no estuviera sola en ese mundo tan extenso, inventé un personaje masculino que acompañara a mi yo virtual en las distintas fases de su vida. Al principio, mi objetivo era que se enamoraran, que experimentaran la limerencia en sus propias carnes imaginarias: cenitas con velas, miradas intensas, caricias sutiles, besos tímidos al principio, el comienzo de un noviazgo... Después llegaba la hora de formalizar la relación: pedida de mano, boda íntima y una luna de miel apasionada, desatada, todo el día en la cama, con risas y complicidad. Lo siguiente fue aumentar la familia, pero para eso, tenían que tener un buen trabajo, él se dedicaba a ascender en su carrera profesional y ella tenía la baja maternal cada dos o tres días, que era el tiempo que tardaba en nacer una nueva criaturita, si era niña, su nombre era Europa, Valeria o Victoria y si era niño, Javi, Fernando o Manuel Jesús. Al final se juntaban en la misma casa dos adultos y siete u ocho hermanos que se criaban entre ellos, porque el padre estaba todo el día trabajando y la madre tumbada en la cama con nauseas y una barriga de no te menees. 

Cuando me di cuenta de lo aburrido que era crear una familia convencional, empecé a innovar. La Sim que me representaba empezó a coquetear con toda persona que se le acercara, fuera hombre o mujer, si era un personaje masculino, ella acababa embarazada de cualquiera, aprovechando las aspiraciones familiares del que fuera su esposo, que criaba a los niños de medio vecindario, y si era mujer, simplemente se dedicaban a darse placer en la cama. En otra ocasión intenté que ella se metiera en la cocina, pero no fue buena idea, porque la casa acabó ardiendo, llamaron a los bomberos y ella acabó con una manguera distinta entre sus manos... De vez en cuando, algún Sim moría y su fantasma pululaba de noche por la casa para jugar al ajedrez o ver la tele en compañía, cuando se juntaba más de uno montaban fiestas o se dedicaban a asustar a los mortales, que en ocasiones se unían a ellos porque el susto resultaba ser letal. Estos fantasmas también cuidaban a los bebés, les enseñaban a caminar, a andar, jugaban con ellos o los alimentaban, aunque en ocasiones, hacían las veces de poltergeists y se adueñaban de los electrodomésticos dando calambrazos a diestro y siniestro a todo Sim que se atreviera a manipularlos. Otra causa de muerte era el orgullo del macho que no tiene nada de manitas, pero que se empeñaba en arreglar la televisión o el microondas cuando estaban estropeados... y claro, al final acababan con la cara como Baltasar y los pelos tiesos...

Esta mañana he vuelto a jugar y recordar viejos tiempos, pero, o el juego ha cambiado mucho o mi percepción del mismo ha cambiado con los años: cuando los vecinos vinieron a dar la bienvenida a mis Sims, ha llegado un furgón de policía hasta arriba de agentes que se han lanzado sobre los habitantes de Villa-Verde y los han mandado al hospital, los padres han ido a trabajar y han vuelto a casa desempleados porque la empresa preveía pérdidas, cuando la madre fue a dar a luz al hospital de la seguridad social, le hicieron pagar no sé qué cosa del copago, los niños ya no jugaban entre ellos, sino que estaban enganchados a sus  teléfonos móviles y en las noticias de la tele salió un Sim con barba que decía que estaban corriendo tiempos de austeridad... Parece que ya no hay forma de escapar de la realidad...

** Si leíste la entrada "El patito feo" habrás visto que el principio es igual que el de esta entrada. Empecé a intentar escribir algo gracioso y acabé hablando de algo más serio, pero no quería perder la oportunidad de soltar un chascarrillo aprovechando este juego.


jueves, 4 de octubre de 2012

La puerta J49

"Serían las dos de la madrugada de cualquier invierno, sólo recuerdo que era martes, en un perdido pueblo del norte, hace ya algunos años. Había intentado dormir al atardecer, pues me quedaban más de cuatrocientos kilómetros de coche por delante, hasta llegar a Madrid, solo, en la oscuridad, con el frío reflejado en el panel del coche...y en lo más profundo de mi interior.

Mirando la hora, vi que aún no eran las dos de la madrugada, y mi mente no me dejaba dormir, o quizá fuera el remordimiento por las cosas mal hechas, de los problemas autocreados por el ímpetu de las modas absurdas y tradiciones anacrónicas. Pero lo cierto es que se encontraban acostados conmigo, metidos en lo más profundo de mi mente, y constantemente me repetían "no vas a dormir, no vas a dormir". Me levantaba, miraba por la ventana, el paisaje era oscuro, no había nadie, era un pueblo fantasma, ni una luz, ni un ruido, sólo el coche que me tenía que llevar hasta la capital y al que, entre cigarro y cigarro, llegué a ver como mi único compañero en este mundo. Sólo estábamos él y yo, y todo un cúmulo de pensamientos, recuerdos y angustias que me iban matando poco a poco y contra los que me veía obligado a luchar, porque tenía que cumplir con mi deber, no había elección... Tenía que llegar a Madrid sí o sí antes de amanecer.

Pasada esa hora de reflexiones sobre lo que no me dejaba descansar, no aguanté más, me duché, tomé un café, me disfracé de ejecutivo triunfador, apagué todas las luces de la casa, cerré puertas y salí de allí hasta el que era mi único compañero: el coche. Había hecho ese trayecto muchas veces, pero esa noche era especial, la mente no me dejaba vivir, la angustia me quemaba, me comía, me mataba por dentro, la soledad, mi disfraz, los remordimientos y la depresión se encargaban de hacerme el viaje lo menos ameno posible, hasta el punto que ni siquiera la radio me hacía compañía, no había nada, no existía nada...

Me quedaban unos setenta kilómetros hasta llegar a la autopista, setenta kilómetros de pueblos solitarios, sin un alma, sin una luz, lo único que había era nada, un martes de invierno, quién, más que yo mismo, iba a estar a esas horas por ahí... No quería parar, sólo quería llegar a la autopista y una vez allí, no parar hasta Madrid. La ansiedad por ver algo o a alguien me mataba, no quería sentirme tan solo, no quería ser un borrego disfrazado de triunfador, con corbata y traje de marca, no quería descubrir lo equivocado que había estado, la cantidad de tiempo perdido intentando convertirme en el hombre ideal y triunfador que otros había inventado para mí.

El trayecto fue duro, pero sobre las seis de la mañana llegué al aeropuerto de Madrid, mi avión no salía hasta las ocho y media, así que me quedaban dos horas y media por delante. Una larga espera, pero al menos me quedaba el consuelo de que había gente, no estaba solo, busqué la cafetería más llena y me metí en ella, buscando el calor de las personas, intentando calmar la soledad que me mataba, observando si alguien respondía a mi mirada... Pero no, la mayoría iban disfrazados, al igual que yo, sólo miraban sus móviles, sus tablets... y gesticulaban, sin hablar con nadie más que con ese dichoso artilugio.

Todavía quedaba bastante para el embarque y el cansancio se hacía notar, así que fui a comprar la prensa, leer un poco, dejar pasar el tiempo... ¡qué idea la mía! El periódico sólo hizo que me metiera aún más, si era posible, en mi soledad. Pasados unos minutos me dirigí al panel de información para comprobar si habían puesto la puerta de embarque de mi vuelo, y, por fin, allí estaba: era la J49 de la terminal 4, uff, "qué suerte", pensé, me ahorro el trenecito hasta la satélite, a ver si puedo dormir algo en el vuelo.

Caminé hasta la puerta J49, allí me senté a esperar el embarque, rodeado de impersonalidad, rodeado de prototipos humanos disfrazados igual que yo, que sólo miraban sus artefactos sustitutos de personas, intentando apagar la soledad y la falta de humanidad que transmiten la mayoría de aeropuertos, y más aún, un martes de invierno a esas horas... Y allí seguía yo, sentado, esperando embarcar, dando vueltas a la cabeza, mirando mis artefactos diabólicos, sintiéndome cada vez más destrozado tanto física como mentalmente y, de repente, vi cómo se acercaba una pareja joven que no iba disfrazada, rebosaban felicidad por los cuatro costados, creo que fui el único que se fijó, el único que levantó la vista y vio esas caras, esas miradas brillantes, y sentí una envidia que no puedo describir con palabras, el mayor vacío interior que jamás he sentido en mi vida, y fue entonces cuando, allí en la puerta J49 de la T4, empecé a darme cuenta de que tenía sentimientos humanos, que no todo estaba acabado, que aún estaba a tiempo, que podía salir de aquello, que podía vivir bien sin tener que ser el hombre prototipo ideal de nadie... y me vino una visión, un sueño, un deseo...

Fue entonces cuando memoricé la puerta J49, la silla exacta donde estaba sentado, me quité la corbata, me quité la chaqueta, apagué los aparatos infernales que llevaba, y me vino a la mente mi viaje perfecto, y me hice la promesa de que un día caminaría por ese aeropuerto como esa pareja, y que al pasar por la puerta J49 reiría y recordaría aquella mañana de un martes de invierno, que haría cómplice de este sueño a la persona que en ese momento me acompañara y le entregaría esta carta, esta historia, para darle las gracias por haber hecho ese sueño realidad.

Decir que este sueño aún no se ha cumplido, pero he dado los pasos para que se cumpla, y aunque es un camino muy largo y lleno de dificultades, mi vida desde aquel día ha cambiado y mucho, ya visto como las personas, ya encontré mi sitio, ya descubrí cómo ser feliz, así que el sueño, el deseo de aquel día, está en camino, cada vez más cerca".

Esta publicación la escribo en nombre de alguien que me lo pidió. Quería compartir su historia con todo el que esté dispuesto a leerla. Desde aquí, le doy las gracias por confiar en mí y le deseo de todo corazón que cumpla su sueño y lo disfrute, porque lo mejor y más difícil es eso, disfrutar de eso que se anhela desde hace tanto tiempo.


martes, 2 de octubre de 2012

Al día

En los tiempos que corren, aquél que no tiene móvil es un bicho raro, aunque también es verdad que algunos lo son y tienen el último grito en tecnología... Yo tenía un amigo que cuando le preguntaban si tenía móvil, contestaba que no, pero que tenía grapadora, todo fue echarse novia y unirse al resto de masas. 

Y es que hoy en día, el que no tiene móvil, no tiene vida social. Mi abuela, una mujer más que octogenaria, tiene uno de esos condenados aparatitos, no le da al whatsApp porque su vista no se lo permite, pero está todo el día enganchada, más que nada se dedica a mirar la hora y a preguntarle a la gente que tiene alrededor que qué significa el sobrecito que le aparece en pantalla junto al letrero de amena, pero ella es feliz así, porque puede decir que tiene móvil. Cuando salgo a la calle, pase por donde pase, me encuentro a alguna persona caminando con el cacharrito en las manos y observo su comportamiento: algunos tropiezan porque no han visto el bordillo, otros sonríen por lo que están viendo o leyendo y otros, simplemente lo sacan rápidamente para disimular y no saludar a algún conocido con el que se han cruzado. Los niños no iban a ser menos, hasta mi sobrino de tres años tiene móvil, eso sí, el suyo es de esos que tienen caramelos en su interior, pero él está muy contento porque puede llamar a su madrina cuando lo necesite.

Yo no tengo uno de esos smartphone en el que puedes mirar el correo, el facebook, el twitter, usar el shazam o descargar una aplicación que calcule el ritmo de crecimiento de las uñas de los pies. No, yo tengo un ladrillo de los de antaño, eso sí, con whatsApp, que sino no tendría vida social... Yo tengo un móvil pirata y lo de pirata es literal, porque tiene un parche. Hace unos meses sufrió un pequeño accidente, le cayeron encima 67 kilos de patinadora que lo arrastraron por el suelo tres o cuatro metros. El resultado: pantalla partida, una mancha negra que me oculta la mitad de la visión, aunque, por suerte, sigue funcionando. Con el paso del tiempo, esa mancha se ha ido extendiendo y ya no puedo darle al móvil el uso que me gustaría. Mis conversaciones por whatsApp no dejan indiferente a nadie que se atreva a chatear conmigo: ya nunca sé cuándo escribo "sus muelas" o "sus ovejas" y en más de una ocasión, le he confesado mis más ardientes deseos a la persona equivocada. Esa dichosa mancha tampoco me deja ver quién me llama, hace un par de semanas envié un correo a cadena100 para participar en "no digas hola" y cada vez que descuelgo el teléfono contesto "estoy escuchando cadena100", a mi jefe eso no le hace mucha gracia... Otra cosa de la que estoy privada es de poder ver la hora en el móvil, anoche ya ocurrió lo inevitable: mi ladrillo se quedó sin memoria, de modo que no pude poner el despertador, se ve que le costaba mucho al aparatito concederme esa licencia. Así que a la una de la madrugada, estaba a oscuras buscando un reloj de muñeca "casio" que no usaba desde hace unos doce años y que recordaba tener guardado por algún rincón de mi cuarto, y no podía encender la luz porque ya estaban todos acostados. Después de fastidiarme el dedo gordo de un pie y romper una figurita de cristal, encontré el dichoso reloj y puse la alarma para que me despertara a las ocho de la mañana... cuando empezó a sonar, vi que aún era de noche, pensé que estaría nublado, así que me levanté de la cama y bajé a desayunar, a los cinco minutos escuché pasos por la escalera y apareció mi padre, que entraba a trabajar a las seis de la mañana... Desde anoche, ya no sé si puedo seguir echándole la culpa de todo lo que me pasa al móvil...


domingo, 30 de septiembre de 2012

Bichos del demonio

Todo fue entrar por la puerta, encender la luz y verla... Se paseaba a sus anchas, señoreándose, sin esconderse lo más mínimo, delante de mis narices, como haciéndome burla, diciéndome "¡Eah!, ¡aquí estoy!,  no me das miedo...¡a ver de lo que eres capaz!". Y conmigo no se juega... La veda quedó abierta, era ella o yo... La cacería dio comienzo...

Solté las bolsas que traía, el bolso, el abrigo, las llaves y bártulos varios que no me dejaban maniobrar libremente, me metí en el cuarto de los trastos y me enfundé el traje de batalla: guantes de goma, mascarilla,  gafas protectoras, gorro, patucos desechables y me armé con aerosol y cepillo en mano. Durante ese tiempo, no le quité ojo, allí seguía, pendiente de mí, desafiándome, retándome a comenzar la lucha encarnizada... Y entré al trapo... Empezó a correr y yo a perseguirla, fintaba para despistarme pero no contaba con mi astucia: estudié la frecuencia de sus movimientos zigzagueantes y la rocié con spray cuando  ella pensaba que se encontraba a salvo, fue el primer tanto a mi favor. Se escondió en el quicio de la puerta, camuflándose con los nudos de la madera y aproveché la ocasión para propinarle una nueva ducha de aerosol, lo que la hizo sentirse confusa y salir de su escondrijo... Aprovechando que yacía boca arriba, me preparé para asestarle el golpe de gracia con el cepillo, pero al levantar el arma con todo el ímpetu que causaba en mí la situación que estaba viviendo, noté que chocaba con algo, algo duro que provocó un ruido sordo, algo que no recordaba que estaba ahí... ¡mierda!, ¡el reloj de pared!, me retiré lo más rápido que pude, menos mal que mis reflejos son bastante buenos, si no habría perdido un par de dedos de los pies, el ruido fue ensordecedor, cristales rotos por el suelo, las saetas y el péndulo doblados y el cuco asomado observándome con mirada acusadora... Volví a la realidad después del altercado con el señor "Tempus Fugit" y vi que mi enemiga ya no estaba... ¡se había escapado!... o no... estaba riéndose de mí, a mi derecha,  junto a la escalera, dispuesta a subir por las paredes si era necesario, parece que el spray no le había hecho más que cosquillas... Cargué contra ella y empezó a huir, pero en esta ocasión, le corté el paso cerrando la puerta, pero se metió por la rendija inferior... y yo me partí la boca con la dichosa puerta... Esto ya estaba pasando de castaño a oscuro, se había colado en la cocina, eso era terreno prohibido para cualquier individua de más de dos pies... La situación en la que me vi inmersa tres minutos después era similar a la de las películas: cacharros por el suelo, vasos y platos rotos, sillas volcadas, puertas de muebles abiertas, aceitera volcada sobre la encimera, ... Un labio partido, un chichón en la cabeza, un par de cortes en la mano, ojos irritados del spray, dos dedos lastimados por pillármelos con un cajón y un tobillo fastidiado por el peso muerto de una silla sobre él son el resultado de la guerra que se libró anoche en mi casa, en la que por cierto, no hubo ninguna baja... hasta que, enfadada, dolorida y derrotada, me senté en el suelo de la cocina y oí un "crack"... Esta mañana he quemado mis vaqueros favoritos,... pero lo peor es que me da pánico que mi madre vuelva a casa...



sábado, 22 de septiembre de 2012

Hogar, dulce hogar

Pintar la fachada. Sólo necesitaba un lavado de cara, una manita de pintura y como nueva...un mojón (y perdón por la expresión). Me he comprado una casa. Sí, aprovechando el tema este de la crisis y la bajada de precios, me he hecho con una casita adosada del año 78, pensando que era de 1978, pero creo que se acerca más bien al siglo XIX... 

La fachada me causó un poco de recelo, mi instinto me decía que había algo que no terminaría de gustarme, pero decidí darle una oportunidad y entrar a verla por dentro, porque siempre se ha dicho que la belleza está en el interior... y así fue. Encontré la casa de mis sueños: cuatro dormitorios enormes, el salón contiguo a la cocina, chimenea, sótano diáfano del tamaño de la planta, un baño gigantesco, cocina comunicada con un patio cubierto, azotea, patio descubierto en la planta superior... Así que me tiré de cabeza, no dejaría que nadie me la arrebatara. 

La misma tarde que me entregaron las llaves fui a verla de nuevo sin los muebles de los antiguos dueños. Estaba ansiosa por descubrir nuevos rincones, cosas que se me habían pasado por alto en la visita con el amable señor de la inmobiliaria... y vaya si los descubrí. Lo primero que hice fue intentar guardar el coche en la cochera...MEEEEEC error, mi coche no cabe. ¡¡Un ford fiesta minúsculo y no puedo echar la persiana cuando está dentro!! Bueno, no hay mal que por bien no venga, siempre he querido un smart biplaza... Así que en lugar de entrar por la cochera, inauguré el acceso a mi nueva casa por la puerta principal, como la ocasión se merecía. Recorrí el pasillo entre nerviosa e ilusionada, hasta que me topé con ellos: los plintos más feos que he visto en toda mi vida, no porque los plintos fueran feos en sí mismos, sino por el color de suelo con el que intentaban hacer juego, no se puede tener un suelo de mármol verde con unos rodapiés de color marrón caca... Mi sueño se estaba cayendo a pedazos...literalmente porque al asomarme a la cocina, vi algo en el suelo, algo que no estaba ahí la vez anterior, eran azulejos rotos... Sí, mi cocina se estaba viniendo abajo, pero si no era suficiente con eso, el suelo estaba levantado y roto por las esquinas... Hay más... Por si fuera poco, el baño de arriba tenía los azulejos pintados para tapar las grietas y roturas que tenían, la bañera estaba partida y el inodoro campaba a sus anchas por el suelo como una lavadora en pleno centrifugado. Lo del sótano ya fue el remate...las paredes son de albero, lo que quiere decir que la humedad está garantizada, así que toca echar paredes nuevas con una buena capa de aislante...

No parece demasiado arreglo, ¿verdad?. Paciencia. El día que mis padres fueron a conocer la casa, a mi querido padre, se le ocurrió la idea de desmontar un enchufe... nos desveló la aterradora realidad de la instalación eléctrica: triplan por toda la casa. Las esperanzas de tener unas pocas habitaciones libres de ser agujereadas, taladradas, perforadas o pintadas...al garete. Estaba a punto de echarme a llorar, cuando mi madre casi se cae al tropezar con una toma de agua de la cocina... y lloré cuando su traspiés desencadenó tal efecto mariposa que tiró toda la pared de azulejos y reveló que las tuberías de la casa eran de hierro...

Dos años después, y debido a los "poyaque", tengo un agujero en la pared que comunica el salón con la cocina la cual no tiene azulejos ni suelo, un proyecto de aseo en la planta baja, tres huecos de ventana nuevos tapados con un plástico, el baño de arriba totalmente en bruto y un montón de regolas mal tapadas para las tuberías del agua... Ayer vino el electricista y me marcó todas las paredes que tengo que abrir para meter el cableado, y digo "todas las paredes" porque no ha dejado que se salve ni una... En fin, voy a comprar pintura para darle un lavado de cara a la fachada, que dicen los vecinos que es una pena porque afea mucho la casa...


jueves, 20 de septiembre de 2012

Un jueves cualquiera

Hoy es jueves y como todos los jueves, hoy es día de mercadillo. La localidad está más activa que el resto de mañanas. Las madres se emperifollan más y se dan más prisa para dejar a los niños en el colegio, desayunar con las amigas y echar la mañana en la plaza, familias con los ojos aún pegados conducen sus furgonetas cargadas con productos varios y giran en la rotonda para dirigirse a la feria, los establecimientos cercanos ponen sus mejores ofertas para llamar la atención de nuevos clientes...

Y es que nada más pisar este rinconcito, se pueden palpar las diferencias en el ambiente, las calles de la feria desiertas los días restantes hoy están abarrotadas de todo tipo de personajes, personajes que van desde el grupo de adolescentes que aprovecha el recreo para darse una vuelta y comprar pintauñas de los colores más chillones que encuentren, hasta mujeres de treinta y pico ataviadas con sus modelitos más fashion y sus gafas de sol de pantalla que sólo dejan al descubierto unos labios pintados de rojo pasión, pasando por parejas de viejecitos tirando de sus desvencijados carritos de la compra que sólo contienen una lechuga y un kilo escaso de naranjas. También están las típicas madres chonis que se paran a hablar con la vecina en el sitio en que se encuentren con sus carros de bebé atravesados en el paso y el pobre crío, entretanto, restregándose los ojitos llorosos por la luz del sol, la señora con el yorkshire de imitación que, con correa y todo, se dedica a hacer zigzag entre mis pies y me hace tropezar o el joven de aspecto raro con el gran danés suelto que se acerca abriéndose paso entre la multitud para chuparme o montar un ménage à trois con mi pierna....Y empiezo a ojear los puestos, y me llegan las voces de los vendedores ambulantes: "¡¡A lebro, niña!! ¡¡Todo a un lebro!!", "¡¡María!!, mira que wenos malacatone traigo hoy", "¡¡Rubia!!, anda, cómprame un perfume de los wenos, de marca, ante' de que venga la pulisía","Agua fresquita, la coca-cola, la coca-cola, la coca-cola, refresco de limón", "¡¡Venga, morena!! ¡¡¡Breska y Zara un euro!!! ¡¡A euro!!"... y compro dos kilos de ajos por un euro a la gitana tan resalá de la carretilla, y el perfume Burberry por cinco euros al que está al lado de la fuente, y el disco de "Lagarto amarillo" por dos euros al negrito tan simpático que todos los días me saluda con su mejor sonrisa, y un par de sandalias por tres euros a la gitana que fue al "Diario de Patricia" (que ya no es de Patricia), buscando a su padre, y llego a casa cargada de bolsas, contenta por todo lo que traigo y lo poquito que he gastado, y estoy deseando escuchar mi nuevo disco, pero lo que debería sonar a "Lagarto amarillo" suena a "Camela", y me mosqueo, y me pongo a hacer la comida, echo mano de la bolsa de ajos y no encuentro ni un diente, sólo cabezas peladas y pellejos, y noto que empiezo a coger un color purpúreo, así que decido salir a comer a la calle, me cambio de ropa, me planto las sandalias y noto que en el pie izquierdo me faltan dos dedos de zapato, y de ese modo me doy cuenta de que he comprado un 39 y un 41, paso de mi nuevo calzado y me visto y cuando voy a salir de casa, recuerdo que no me he perfumado, así que, deseosa de probar mi nuevo perfume lo saco de la bolsa y me echo unas gotitas que huelen... ¿a qué huelen las nubes?, huele a "Blueberries"... Y es que al final lo barato sale caro, pero ya estoy deseando que llegue el próximo jueves para volver y comprarme una blusa muy mona que hoy no pude traerme porque no llevaba dinero...




miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lunes

Mi padre acababa de salir por la puerta, eran las 22:15. Empecé a recoger la mesa, a fregar los platos de la cena, a preparar las cosas para el desayuno, me fumé un cigarro, me di una ducha...estaba nerviosa, era incapaz de sentarme a ver la tele tranquila, no me interesaba "Pulseras rojas". Subí a despedirme de él, a darle las buenas noches como cada día y después apagué el ordenador. Bajé las escaleras, cogí agua del congelador, le di un trago, me dolieron los dientes, era escarcha...y fue entonces cuando pasó: el móvil empezó a sonar, descolgué, "¿Me abre usted?". Colgué y fui corriendo a abrir la puerta, las piernas me temblaban, tenía el pulso para robar panderetas, no atiné a girar la llave a la primera, quité el pestillo y tiré de la puerta, no había nadie... me asomé a la calle, la oscuridad era total, la dichosa farola seguía rota, oí unos pasos ligeros, miré a mi izquierda y lo vi llegar... Camisa de manga corta de cuadros azules, pantalón vaquero, chanclas y lo más importante: una sonrisa de oreja a oreja y esa mirada que me derrite...pero había algo más, en su mano derecha llevaba una bolsa de plástico, al final se salió con la suya y trajo el medio litro de helado que me prometió.

Eran las 23:30, hacía apenas tres horas que nos despedimos después de haber pasado la tarde juntos, perdidos, lejos de casa, guardando las formas pero sin tener que disimular lo que nuestros ojos se decían, hacía apenas tres horas que nos habíamos dado el último beso, y nada más abrir la puerta cualquiera era capaz de percibir nuestra prisa por volver a devorarnos, por quitarnos esa necesidad que teníamos el uno del otro. Era la primera vez que nos disfrutábamos ajenos al tic tac del reloj, sin posibilidad de interrupciones, la primera vez que pudimos permitirnos bromear, contarnos historias, reír a carcajadas,... y besarnos como nunca nos habíamos besado antes, y llevar las caricias hasta el punto en que nuestras pieles se fundieron sin saber dónde acababa la mía y dónde empezaba la suya, y compartir un helado a las dos de la mañana con las piernas entrelazadas intentando descubrir por qué el de pistacho me sabía a avellanas, y mantener la mirada mientras nos abrazábamos, sin decir ni hacer nada más, y caminar descalzos besándonos y chocar con el quicio de la puerta, y preguntarme sorprendida cómo podía estar tan a gusto, y no poder reprimir un "te quiero", y desear que esa noche no fuera la última que nos regalábamos, y no recordar haber estado así en toda mi vida...y simplemente ser feliz.

Johann Wolfgang Goethe dijo: "Las grandes pasiones son enfermedades incurables. Lo que podría curarlas las haría verdaderamente peligrosas". 


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Noche toledana

Serían alrededor de las diez de la noche, estaba muy nerviosa, se apreciaba en su ir y venir continuo, ambos no paraban quietos. Ella corría de un lado para otro colocando todo lo que se cruzaba en su camino y limpiando todos los restos de comida que encontraba. Él la seguía torpemente, caminaba tras ella con paso algo más lento, pero cada vez que ella cambiaba de dirección se topaban, se miraban a la cara unos segundos, se hacían un par de caricias, un beso tierno y continuaban con el mismo trasiego.

A medida que iban pasando las horas se hacía más difícil verlos quietos. Ordenaban lo que ya estaba ordenado, limpiaban lo que ya estaba impoluto, picaban algo, bebían un poco de agua y seguían con sus quehaceres. Yo veía todo lo que estaba pasando desde fuera y no entendía nada, no se dieron cuenta de que los observaba, estaba preocupada, nunca los había visto así. De pronto ella se metió en su cuarto, se quedó allí dentro, dejó de correr de un lado para otro y de mover todo lo que estaba a su alcance, dejaron de escucharse ruidos y golpes. Él esperó pacientemente fuera, ansioso porque ella volviera a salir...pero ella no salía, él se asomaba, pero no conseguía ver nada, estaba preocupado, a cada paso que daba se giraba para comprobar si ella seguía encerrada o no, pero no daba señales de vida. Fue entonces cuando él me vio, quiero creer que se sintió más tranquilo por no pasar la espera solo, pero me extraña que estuviera pensando eso en aquellos momentos. Le tendí mi mano, él se acercó y se tranquilizó un poco, dejó de ir de un lado para otro. 

Cuando pasaron quince minutos del encierro de ella empezamos a oír unos ruidos extraños, como algo que se arrastra de forma irregular. Por fin se decidió a salir del cuarto, fue entonces cuando me di cuenta de lo que les había estado ocurriendo toda la noche, me asomé con cuidado de no asustarlos y allí estaban... Lana y Rovi acababan de ser padres de cinco pequeños, lo que me convierte a mí en... ¿abuela?. Más vale que me haga a la idea, porque esta familia tiene pinta de volver a aumentar en breve...