martes, 21 de agosto de 2012

Click (II)

Llegó el día en que iban a conocerse, aunque aún no era seguro. Él tenía que salir esa mañana por motivos de trabajo a otro edificio y no sabía sobre qué hora volvería. Ella salía de clase sobre las once de la mañana, pero no le importaba esperar hasta más tarde, estaba nerviosa, esa noche no había dormido nada. Quedaron en que él la llamaría para avisarla cuando hubiera acabado y estuviera en su lugar de trabajo habitual. Parece que la cosa se dio bien, o quizá él empezó a trabajar más temprano de la cuenta, el caso es que a las nueve y poco ya había terminado y en cuanto ella salió de clase, su teléfono ya estaba sonando.

Era la primera vez que ella oía su voz, solo el primer "hola" la dejó sin palabras, pero tenía que contestarle, tenía que decirle que se iba corriendo al coche para calzarse los patines y estar allí lo antes posible. Le salía una risa nerviosa al hablar con él, su voz la hacía sonreír, la tranquilizaba, la ayudaba a ser capaz de contestarle. Él le dijo que ya había terminado, que ya estaba allí para que ella se llegara. Ella le contestó que intentaría tardar lo menos posible, el tiempo de ir al coche, ponerse los patines y recorrer los cuatro kilómetros que los separaban, que al llegar le daría un toque.

Apenas atinó a ponerse los patines, le temblaban las manos, tenía mariposas en el estómago, el corazón le latía a mil por hora. Cuando se puso de pie y cerró la puerta del coche, las piernas no le respondían, estuvo a punto de caerse. "Uff, empezamos bien...", pensó para sí misma, se puso en marcha y encendió un cigarro por el camino. Ni siquiera eso la ayudó a calmarse. Empezó a patinar vacilante, se sentía insegura con cada paso que daba, cada vez que paraba en un semáforo tenía la sensación de que iba a tropezar y a caerse. Pero todo eso daba igual, intentaba ir lo más deprisa que podía, quería verle, hablar con él, ver su expresión, saber si existiría ese click también en persona.

Estaba cerca, cuanto menos faltaba para llegar, más rápido y con más fuerza le latía el corazón, se quedó mirando la camiseta roja que llevaba puesta, se movía en el lado izquierdo de su pecho, se sentó para calmarse un poco y beber agua. Sacó el móvil de su bolsillo y le dio un toque, avisándole de que ya estaba allí. Segundos después, estaba recibiendo una llamada, era él, le decía que la estaba viendo, desde las alturas, que bajaba en un par de minutos. Fue el tiempo justo para tomar un último trago de agua. Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, los dos estaban sonriendo, ella con la boca y los ojos, él no tanto con la boca, pero sí con la mirada. Se saludaron con dos besos en la cara, no sé exactamente de qué hablaron en ese momento, pero minutos más tarde, ella le preguntó cómo estaba, él le contestó que le temblaban las piernas, que si no llega a ser por el ascensor, no habría podido bajar. Ella estaba igual que él, pero no podía demostrárselo, quería que él se sintiera cómodo y tranquilo, pero para eso, ella tenía que llevar la conversación y parecer calmada. No estuvieron solos ni cinco minutos, o al menos, eso le pareció a ella, al poco tiempo de estar hablando, se acercó un compañero de trabajo de él y se metió en medio de la charla entre ambos. El tiempo se pasó volando, ella lo miraba cuando pensaba que él no se daba cuenta, le gustaba su sonrisa, su mirada, su voz, su forma de hablar. Fue algo más de una hora lo que estuvieron de pie, charlando de cualquier cosa, riendo sobre todo...pero llegó la hora de despedirse. Ya se mandarían luego algún mensaje. Todo el camino de vuelta lo hizo con una sonrisa en la cara, una sonrisa que llamaba la atención de toda aquella persona con la que se cruzaba. Nada más llegar a su casa, le escribió. Nunca olvidaría su respuesta: "¿Has oído alguna vez eso de que la realidad supera la ficción? Pues yo lo he comprobado esta mañana". Eran las 16:07 del ocho de mayo.

"La vida sigue su curso, tú toma parte en ella".




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